¡Qué mes ha sido éste último!
Así de rápido pasaron 5 años.
En junio del 2004 me encontraba recibiendo la llamada de aceptación al Tec y organizando todo lo necesario para mi mudanza, a los 17 años.
Ahora, a mis 22, soy una recién graduada con muchos anhelos por delante.
El día 19 de mayo viajé a casa para disfrutar de la familia antes del gran evento. Cociné, paseé, corrí por la playa en las mañanas, y hasta encontré de improviso el vestido que usaría en la entrega de títulos.
Al acabar el mes tomé un autobús hacia Mérida para asegurar unos preparativos muy importantes, entre ellos la hacienda mágica que siempre imaginé.
De ahí salí con rumbo a tierras regias para una semana de lo más emocionante.
El 1 de junio gané muchas cosas. Gané un anillo con la palabra ISI reluciendo en la piedra central. Gané un par de anuarios con fotos de más de 1800 graduados, de los cuales conozco a 150 como máximo. Y gané una foto de generación enmarcada con una placa que exhibía mi nombre con S (luego me las arreglaré para recuperarla cuando sea reparada).
El 2 y 3 no recuerdo haber ganado algo en especial.
Fue en la madrugada del 4 cuando lo fuerte empezó.
A las 12am gané una preocupación a gran escala, ya que el vuelo que transportaba a mi familia se desvió debido a una tormenta muy ruidosa en Monterrey.
La noche anterior la distinguida directora de carrera nos alentó a dormir el sueño más tranquilo y reparador posible. Patrañas. Muy pocos lo habrán logrado.
Logré conciliar el sueño a las 4am, cuando había acabado de instalar a todo mundo en sus habitaciones. Dos horas y media después, el tono más intenso del celular estaba despertándome a una fresca mañana.
8am y el desayuno de registro comienza. Fotos por aquí, fotos por allá, saludos, abrazos, felicitaciones, llamadas por teléfono, emoción por doquier.
945am y nos dirigimos al gimnasio.
¡Ay qué paseo tan curioso! La larga fila de pingüinos y princesas que pasaba por edificios, salones y jardines disfrutaba al burlarse entre risas de los que aún tenían compromisos con las clases.
Justo antes de doblar hacia la entrada se escuchó un grito de terror: ¡mi tacón, mi tacón! Se trataba de una ISI de apellido Rejón que había pisado donde no debía y que sólo pudo continuar su caminar hasta que su noble escolta la liberó del apuro.
Al llegar nos sorprendió un recibimiento con aplausos de los papás, hermanos, abuelitos, tíos, primos, y hasta el perro que llenaron los asientos.
Luego de que la multitud de mecatrónicos pasara, tocó mi turno de subir al estrado a saludar a Zambrano, a Rangel, a Bustani, y a una Elda Quiroga con un rostro satisfecho.
Bajé con mi título en la mano y contentísima al posar para la cámara de la mamá más orgullosa y feliz de todas.
Después de mí siguió una violenta invasión de industriales, y al final de la toma de protesta cada uno de los 1200 graduados nos fuimos a disfrutar de una comida familiar.
Bueno, antes de la comida, fui lo más pronto posible a rentar una camioneta que nos evitara tomar dos taxis en los traslados. De verdad que no hubo mejor forma de despedirme de la ciudad que manejando por los lugares que tanto visité.
Y bien, no pudo haber faltado el momento de encuentro con un oficial de tránsito en mi primer día de manejo. Por alguna razón graduesca se me borró de la mente que uno no debe estacionarse frente a un hidrante, y ¡menos en tiempo de crisis!
Se solucionó, pero no de la manera más legal. El objetivo era llegar a la fiesta a tiempo, porque la misa nos la perdimos sin remedio.
Encontré el ‘xlá salón no sin antes internarme en un municipio que no era el de nuestro destino y vagar extraviados por más de media hora.
De la fiesta me faltan palabras para expresar lo GENIAL que estuvo. Otra vez aparecieron los pingüinos y las princesas, sólo que ahora a todo su esplendor.
¡Fotos a granel! ¡Abrazos por docenas! Y despedidas por igual.
Esa noche llegué a la cita con morfeo alrededor de las 3am, y aprovechando (o mejor dicho, abusando) de la juventud mi cuerpo se levantó a regañadientes a las 6am para escalar el famoso cerro de la silla. Después de casi 20 horas de pisar con tacones altos y bailar con todas las ganas, tal vez fue una locura, pero una locura de las que disfrutas y nunca te arrepientes.
Luego me tocó Empacar. Esta vez para siempre. Ahora sí debía llevarme todo lo que no quisiera dejar de tener. Y lo hice, logrando que mis maletas y las de mis acompañantes prácticamente escupieran ropa y otras pertenencias.
Regresé a mi casa el domingo y el martes en la mañana me encontraba yendo de regreso a Mérida para recoger lo que me hicieron el favor de llevar. Planeaba regresar el mismo día, pero uno nunca sabe cuándo se puede presentar una emergencia.
Para acabar este cuento, ayer enterré al único tío que me quedaba.
Alguien dijo que no hay risas sin lágrimas, y que todo en esta vida busca el equilibrio.
Así que hay que seguir viviendo, no dejar de disfrutar, y como nos compartió la Ingeniera, no hay almohada más cómoda que una conciencia tranquila al llegar la noche.